La primera vez que ocurrió, me encontraba en el hotel Pera Palace de Estambul, asqueado de cómo el turismo exacerbado había reducido a cenizas el encanto de aquella institución romántica que inspiró a tantos artistas y escritores al iniciar el transiberiano a principios del Siglo XX. Inmóvil sobre la cama, absorto viendo por la televisión un documental sobre las pocas tiendas de medicina tradicional china que aún sobreviven en la ciudad de Zheichen. Una de las fábricas artificiales de la moderna China.

Se trataba de un simple reportaje televisivo sin más ambiciones mediáticas que la de mostrar una curiosidad: En una de las ciudades-fabrica más artificiales del país seguía funcionando una tienda de especies y remedios medicinales según estricta inspiración de la antigua sabiduría china. Yo miraba de forma tangencial como una mujer joven ordenaba frascos y sobres con ese cuidado y atención ritual que solo puede encontrarse en esos lugares donde parece que el tiempo se ha detenido hace milenios, o que ese instante sin tiempo ha venido a instalarse aquí por alguna razón inexplicable. No sé en qué momento la escena captó por completo mi atención y llevó mi conciencia muy lejos hacia la sensación de un tiempo en el cual la sabiduría no se había contaminado aún por la lógica escolástica, de la que derivó el culto a la codicia humana. Mis sentidos fueron transportados por la atmósfera que imperaba en aquella tienda, un ritmo completamente distinto al que yo estaba acostumbrado, y por supuesto las generaciones que habitaban este milenio. La búsqueda de la perfección era mucho más que una forma de conducir la vida para que esta tenga sentido, sino el medio para eliminar lo superfluo y encontrar la verdad. La mujer evolucionaba despacio y con una atención y dedicación que yo no había presenciado nunca. La cámara enfocaba sus manos cuyos dedos escogían en movimientos muy precisos y delicados yerbas y especias y las mezclaba con un cuidado exquisito, asegurándose de que la mezcla era perfectamente homogénea. Luego envolvía porciones de aquellas mezclas en sobres de una especie de papel grueso o papiro que doblaba una y otra vez hasta conseguir un ajuste tan delicado como el más preciado de los regalos al emperador. Luego introducía aquellos paquetes perfectos en unos cajones que se alineaban en largas estanterías y en los que unos pequeños rótulos de sutil caligrafía debían indicar su contenido. Después de cada una de aquellas delicadas operaciones, la mujer, en lugar de tomar un respiro o relajarse usando cualquiera de los típicos escapes de nuestra civilización, fumar un cigarrillo, llamar a una amiga por el teléfono, ir al baño, salir a la calle, ponerse algo que masticar en la boca, continuó inmediatamente para ejecutar otra tarea, tal vez más laboriosa y que requería mayor complejidad. Parecía como si la intensa concentración dedicada a la tarea anterior fuera por si sola alimento y aporte de energía suficiente para abordar sin interrupción la siguiente. Recibí una sensación muy intensa en la base del esternón, tanto que por lo visto me metí en ella.

Sin notar el tránsito me encontré físicamente dentro de la tienda en actitud de pedir una de aquellas fórmulas. La mujer me miró sin dejar de colocar cosas en su sitio, como apremiándome para que le encargara aquello para lo que había entrado en su tienda. Yo no pude articular palabra, no hablo chino ni lo entiendo. Y de pronto me di cuenta de que no me estaba mirando a mí sino a algún punto a mi espalda que captaba su atención. Enseguida pensé, lógicamente, que todo era producto de mi imaginación y que seguía encontrándome postrado en el sofá del hotel matando el aburrimiento con el mando a distancia… Pero en esto noté a un señor salir de detrás de mí y depositar en silencio un billete mientras la mujer le ponía uno de los paquetes sobre la mesa junto con unas monedas de curso legal en la China del Siglo XXI, que sin duda seria el cambio por el precio de la compra. Pensé que mi imaginación se había desbordado esta vez hasta extralimitarse. Volví la cabeza con la esperanza de encontrarme con la pared de la habitación, de cuyo decorado original solamente quedaba la arcaica inscripción en francés “Émile Zola séjournait en aout 1890 cette chambre” y así recobrar la situación real, pero me encontré con las ventanas de la tienda a través de las cuales discurría una riada humana de una etnia muy distinta a que circularía por Estambul. ¡Vaya imaginación!, me dije. No solo es capaz de crear una imagen si no un entorno, un mundo completo con sus ruidos y sus ritmos. Bueno, muy bien, bravo campeón, lo has hecho muy bien, ahora volvamos a casa…

Nunca me había ocurrido antes no poder salir de la visión que yo mismo me había creado. Pasaron largos minutos sin que ocurriera nada, la mujer seguía ordenando sus muestras de sabiduría de los ancestros. Me decidí a actuar y le pregunté en inglés qué hora era, solo para decir algo. Oí como salía mi voz claramente de mi garganta y la oí resonar entre los ruidos de la tienda, pero la mujer no se inmutó. Yo podía oírlo todo, la escena en la que me había metido y mi propia presencia; Lo que estaba imaginando y mis propios ruidos, pero la mujer no me oía. En esto entró otro hombre en la tienda, me aparté para dejarle pasar aunque pensé que eso no había sido necesario con el cliente anterior porque yo no parecía ser más que un holograma invisible para ellos. El recién llegado pidió algo en su idioma que yo seguía sin entender en absoluto. La mujer sonrió y fue a uno de los estantes a coger un par de bolsas que le tendió a cambio de unos billetes de banco. Ambos se despidieron con una breve reverencia y el hombre volvió a salir.

Estaba Anocheciendo y la mujer se disponía a cerrar la tienda. Desde mi irrupción en aquella realidad virtual conté doce clientes que entraron compraron y salieron como al primero con el que me crucé, y por fin me atreví a hacer algo más que esperar aterrado: salir a la calle. Por alguna razón había supuesto que no podría hacerlo, que mi visión me iba a encerrar en la tienda, pero no fue así. Simplemente abrí la puerta y salí a la calle. Me di cuenta de que tenía un aspecto bastante llamativo, en pijama y zapatillas, en pleno invierno, y también peligroso, no llevaba documentos ni dinero ni teléfono móvil ni conocía el idioma, ni había estado nunca en China, aunque eso nadie lo podía apreciar a simple vista. Pensé que algo tenía que hacer. Una vez me ocurrió en Alma Ati, Kazakstán, que me robaron el pasaporte, el dinero y cualquier otra documentación que llevara. Fue al primer día de mi primer viaje a ese país del Asia Central, y por tanto no había establecido aún relaciones de mínima confianza con algún kazako para pedir ayuda. Tardé un par de días encerrado en la habitación del hotel para darme cuenta de que lo único que podía hacer era ir a la Embajada de España. Es lo que hay que hacer. Por la mañana has de acreditarte en la recepción y esperar, según qué embajada te pasa a una sala de nacionales o te deja en la sala de espera general, pero te permiten llamar a alguien de Barcelona, a tu empresa por ejemplo, etc., para que alguien transfiera dinero a la Embajada y que ésta proceda a dártelo, previo descuento de comisiones bancarias, etc., con el cual pagar el hotel, etc. Finalmente logré volver a Barcelona.

Pensé que debía hacer lo mismo, y como no tenía ni idea de si había consulado español en Zeichen esperé a ver pasar un transeúnte vestido con elegancia, suponiendo que podría hablar inglés y supiera donde esta el distrito de las Embajadas, para atreverme a pedir ayuda. Por fin vi a un hombre en traje azul muy oscuro llevando un maletín bajar de un vehículo que interpreté como taxi. Pensé, “este es mi hombre”, y fui directamente hacia él. Le saludé en inglés, pero tuve que repetirlo varias veces porque pareció no oírme. Le acompañé un trecho hasta darme cuenta de que yo era invisible para él, igual a como había ocurrido en la tienda. Miré a mí alrededor. La gente pasaba a mi lado sin verme. Y el frío también pasaba a mi lado sin verme. No me había ocurrido nunca, ni tenía la más remota idea de la dimensión por la cual me había colado en el escenario de aquella gente como un espectador al que ni han invitado ni tiene ningún papel en lo que ocurre. Se me ocurrió probar si tampoco podían notar mi presencia física. Me detuve en la trayectoria de otro viandante esperando recibir el encontronazo, pero un reflejo automático de protección me hizo apartarme en el último instante. ¿Cuál hubiera sido su reacción si aquel transeúnte hubiera tropezado con algo que no veía? Preferí no correr el riesgo.

Bien, ¿qué podía hacer a continuación? Me senté en el bordillo de la acera. No se me ocurrió nada más que esperar a que el fenómeno que me hubiera traído hasta allí me devolviera al punto de partida. Es decir, me despertara del sueño y me encontrara de nuevo viendo la televisión en mi habitación de esa reliquia de la europeización del Imperio Otomano, construido en 1892 por Georges Nagelmackers, como emblema de su exclusivo puente de civilizaciones que llamó Orient Express.

Tuve la sensación de que la noche iba transcurriendo impertérrita en aquella avenida que no dejó de sostener las pisadas apresuradas de los ciudadanos hasta el amanecer. Las luces de la ciudad, los coches, la gente que pasaba fueron evolucionando en lento carrusel hasta el alba. Y cuando sus primeras claridades empezaron a definir mejor las formas me di cuenta que me había sentado sobre la acera de un puente. Al otro lado las primeras luces del día empezaron a devolverme los reflejos del agua y probablemente porque ya iba acercándose la hora de la mañana en que, aún descorriéndose las cortinas de la noche, la avenida empezó a llenarse de la gente que acudía a sus lugares de trabajo, el bullicio empezó a crecer hasta alcanzar lo que se llama una “hora punta” de tráfico. Pensé que en todas las ciudades industriales del mundo tienen ese mismo aparato circulatorio, riadas humanas acudiendo en simular marea de autómatas diariamente a sus lugares de fusión con la existencia que apenas la perciben por unos breves instantes, desaparecen.

Algo llamó mi atención al otro lado del puente, parecían torres muy afiladas, que naturalmente no había podido distinguir durante la noche. Me incorporé despacio para ver mejor aquel edificio que se encontraba algo distante y a un nivel más bajo que el del puente. Anduve unos pasos y la sorpresa me sacudió hasta la raíz de los cabellos. No había duda, eran los seis minaretes de la mezquita de Sultanahmed. Una imagen muy familiar, contemplada infinidad de veces… desde esa misma posición en el Puente de Gálata sobre el Cuerno de Oro. Volvía a estar en Estambul, pero no había regresado en el mismo lugar y como despertando de un sueño, sino apareciendo en otra parte de la ciudad. Y entonces me di cuenta de que la gente me miraba extrañada y además sonriendo por mi aspecto, en pijama y zapatillas. Estaba de vuelta a mi tiempo porque ahora sí resultaba visible a la gente. El fenómeno había concluido. Por tanto no tenía otra cosa que hacer que parar un taxi y chapurrear en turco la dirección del hotel.

Nada más cruzar la puerta el recepcionista salió del mostrador para recibirme y preguntar qué me había pasado y si necesitaba ayuda o bien acudir a la policía por si me hubieren secuestrado; habían estado tres días llamando a la puerta de mi habitación extrañados de que no saliera para comer ni pidiera nada al servicio de habitaciones y aparecía de pronto en pijama por la puerta.

– ¿Tres días?… Es una larga historia. – balbuceé. – No se preocupe, todo está bien. Ya estoy de regreso… No necesito darme una ducha y bajaré a desayudar.
– ¿Seguro que no necesita nada, señor?
– Seguro, estoy bien, todo está en orden. – repetí pasando por alto la multitud de expresiones que cruzaron por la mente del recepcionista.

Encontré la habitación aseada como es preceptivo en hoteles de 5 estrellas en que la asistenta tiene llave maestra. Debió llamar, y al no recibir respuesta simplemente entró e hizo el aseo y la cama. Me encontré con un par de notas bajo la puerta de mi representante. Lo telefonearé después de darme un baño. Y también tengo que llamar a la agencia de viajes para cambiar el vuelo de regreso; debí volver ayer a Barcelona.

Esa fue la primera vez.

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  1. Es muy estimulante comenzar a leer una novela. Ya estás viviendo al mismo tiempo en tu mundo y en el de los personajes que se presentan en ella.
    Me identifico en cierta forma con el protagonista de “Vórtices”…¡Ay, la imaginación! ¿Qué pasaría si nada nos limitara para pasar así de un plano a otro de la realidad, convencidos de que el tiempo y el espacio son puras ilusiones mentales?

  2. Me encanta todo lo que escribe Juan Trigo, sus frases, sus cuentos todo! Y ahora a disfrutar con éste

  3. Me gustaria mucho estar al tanto de toodo lo de este Blog

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